En el frío de los mares

Texto enviado por un escritor chileno, Leonardo Espinoza Benavides.

Por Leonardo Espinoza Benavides

Chtxlét estaba en un mundo que no era el suyo. No había nacido en él y aún así, en términos intelectuales, era sobre lo que probablemente más sabía su mente. Su devoción y profesión se enlazaban en el estudio del planeta sobre el que se encontraba parado en ese instante.

Sus pies descalzos se sumergían en arena gris, helada, y sus melenas ondeaban libres al viento seco y frío de la playa. El sol debía estar poniéndose detrás del murallón de nubes que hacían un continuo entre el cielo y el horizonte. Era tarde y hacía frío. Y así debía ser.

Chtxlét lo disfrutaba. Se había permitido venir esta vez por su propia cuenta, un momento de distención inocente. El resto del equipo permanecía en el campamento, armado esta vez en medio de un antiguo balneario costero. A estas alturas era casi imposible, al menos para los límites de sus herramientas, definir si los últimos moradores de este planeta estarían ya completamente extintos o inconmensurablemente lejos en el universo. ¡Quedaba todavía tanto por descubrir!, sabía Chtxlét, y eso no hacía más que llenarlo de un cosquilleo psíquico de emoción.

El agua del mar salado tocó sus extremidades inferiores. Un apretujón de sus tejidos, una reacción natural, ese frío que apretaba la más floja de las células. Ese frío que daba vida, que activaba, que alertaba y preparaba. Rio. ¡Era tan helado! Rio otra vez cuando una ola rompió cerca suyo a medida que se adentraba en esa mole oceánica. Entraba al mar vistiendo solo su capa. Para que el fenómeno ocurriese debía cumplirse la sencilla condición de que hubiese una temperatura apropiada, gélida por lo demás. Simpática, a juicio de Chtxlét.

Quienes habían dominado este mundo, sabían ya, dejaron tras de ellos el legado propio de una especie sentiente, inteligente; volitiva y emotiva; artística y reflexiva. Un patrón habitual en el universo conocido, pero que permitía verdaderamente un adorno infinito. Chtxlét pensaba a veces que, de hecho, tal combinación efectivamente dejaba tras de sí y creaba por delante un arenal de creaciones infinitas. Infinitas realmente, irrepetibles en la infinitud por el momento finita del cosmos. Pero era la dimensión artística la que movía el espíritu de Chtxlét, y este pueblo había encontrado una forma increíble de guardar sus obras. Por supuesto no era la única, pero de seguro era la más creativa que habían encontrado hasta ahora.

Chtxlét siguió avanzando mar adentro. Los organismos que habitaron esta tierra supieron transmitir información a través del océano. Él no era biólogo, ni químico, ni mucho menos físico, pero su teoría personal, con el poco tiempo que llevaba de experimentación nada más que empírica, le decía que de alguna forma el mar estaba cargado electromagnéticamente en una forma tal de poder interactuar con cualquier sistema neuronal lo suficientemente cercano al de aquel grupo evolutivo. De seguro los suaquíferos y su conglomerado no habrían podido jamás interactuar con esta forma de comunicación, pero Chtxlét y los suyos no tenían problema alguno. Había sido diseñado para que fuese sencillo. Sabía que su teorización era extremadamente simplificada y vulgar, pero la filosofía le enseñaba que lo esencial solía ser un núcleo semántico transversal y maleable.

Adoraba este mundo. Ahora, ya casi sumergido, temblando, riendo, sabía que bastaba con hundirse por completo por tan solo una fracción de segundo para participar de aquella obra artística que discurriría por su espacio consciente e inconsciente, estimulando los sentidos que su cuerpo exhibía.

¡El frío! Tonificador, vivificante.

Se hundiría, sentiría su piel tensa y disfrutaría la función.

El cómo había llegado a este descubrimiento, más allá de que era prácticamente imposible no descubrirlo, salvo fuesen la expedición más inepta concebida, nació del interés surgido cuando leyera algunas obras literarias de esta ancestral comunidad. De entre todo, las ficciones que atribuían con tanto anhelo una especie de entidad cognoscitiva al océano, a pesar de que no era más que… agua, le había cautivado inmediatamente. Apenas llegase, se dijo, iría a ver qué tanto era lo que generaba esas ideas. ¿Le hablaría el océano? Sonrió. Por supuesto que no, se atrevió a decirse. Había sido, de todos modos, mucho mejor, a su parecer.

No sabía si lo que observaría era ficticio o histórico, pero no le importaba. El valor era el mismo. Los creadores de esta belleza debían haber sabido de su éxito. Sin duda se vanagloriaron, ¡de seguro!, pensó Chtxlét, y no era para menos. Nutría el alma y alegraba la infancia latente.

Se sumergió en el oleaje.

¡Frío! ¡Frío! ¡Verdaderamente frío!


Una fracción solamente, lo que aguantaba el cuerpo y nada más.

En lo tibio de su pensar quiso reír, pero el cuerpo entumecido resistiendo aquel segundo no se lo permitió ni se lo permitiría.

Y la función comenzó, atemporal.

Un recinto, una especie de estadio circular, con luces que flotaban, con multitudes que clamaban, con un par que dirigía. Era de noche en la proyección, y las luces de neón eran fascinantes. Música y música, y gritos de gentes indudablemente radiantes, festivos, estivales.

—¡Buenas noches…!

Espectacular, pensó Chtxlét, ¡lo entendía! Estas personas y estos personajes habían comprendido la universalidad del lenguaje y lo habían integrado. Así comenzaba la función vespertina.

—¡Buenas noches, Viña del Mar!

Esta no la había vivenciado, pensó Chtxlét, entusiasta, y deseó que el tiempo y sus curvas manoseadas le permitiesen experimentar lo suficiente, desde allí desde su asiento imaginario, antes de salir a la superficie de aquel mundo, mitad tierra, mitad agua.

Sobre el autor

Leonardo Espinoza Benavides (San Fernando, Chile, 1991)

Médico cirujano, escritor y cinéfilo. Autor de la novela fix-up de ciencia ficción “Más espacio del que soñamos”. Miembro Directorio de la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena (ALCIFF – Chile) y antiguo miembro de la Washington Science Fiction Association (WSFA). Expositor de la primera participación chilena en la convención Capclave de Estados Unidos. Ha publicado ficción y no ficción en Editorial Puerto de Escape, Revista Crítica.cl, Dos Disparos Magazine, Publicaciones Universidad Andrés Bello, Fantástica Review, El Sitio de Ciencia Ficción, The WSFA Journal, Revista literaria Letralia, Portal del Instituto Cubano del Libro – Cubaliteraria, entre otros. Actualmente reside en Santiago de Chile.

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